Competitividad laboral y la felicidad

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Por Rafael Zavala – Experto en Gestión del Talento Humano de la Universidad de Piura

Se puede ser feliz y exigirse al máximo al mismo tiempo. De hecho, es feliz el que tiene la conciencia tranquila de saber qué hace todo lo que puede para cumplir con lo que debe. La conciencia intranquila nunca genera felicidad. 

Ya lo decía Valero Rivera: Solo gana el que da todo lo que lleva dentro. El quid del asunto es ser competitivo (llámese eficiente) no solo en el ámbito laboral, sino también en todo aquello que define nuestra razón de ser, religión (cualquiera que sea), familia y trabajo. 

Existe un enfoque erróneo de lo que es el éxito y la felicidad. Gastamos nuestro tiempo persiguiendo metas que están mal definidas. El concepto de éxito no es el adecuado, ya que se circunscribe al ámbito profesional, se le suele definir en función a un salario anual de seis cifras, el bono de fin de año y quizá un ascenso, pero no se toman en cuenta variables como la familia o la tranquilidad personal.


Así, uno tiende a enfrascarse en una carrera interminable en busca de ganar más: más títulos, más dinero, más negocios e independientemente de cuánto se haya logrado, siempre habrá más que buscar y conseguir. Sin embargo, no se trata de ganar, sino de hacer las cosas bien. Ganar es la consecuencia. Si uno se da al máximo, el éxito, tarde o temprano, le sigue. No se trata de entrar en una carrera interminable por ganar más que el otro, sino de compararse con los demás en cómo ser mejor que ellos en términos de logros, virtudes y valores. Es allí donde hay que ser competitivos.

Con más trabajo se gana más dinero, y con más dinero, ¿se puede comprar más felicidad? Según estudios de IESE y UCLA, los ingresos sí influyen, hasta cierto punto, en la felicidad y tienen un efecto moderador sobre los efectos adversos de algunos acontecimientos de la vida, pero solo hasta cierto nivel, en el que cubre las necesidades básicas, luego de este, más dinero ya no produce necesariamente más felicidad. Lo curioso es que seguimos creyendo que con más dinero podemos comprar más felicidad. 

La verdad es que sí la puede comprar, la única duda es cuánta. Y no es tanta como uno espera porque no sabemos administrar el dinero, nos acostumbramos demasiado rápido al nuevo tren de vida y nos comparamos con personas más afortunadas, lo cual disminuye nuestra felicidad. Vivimos pendientes de lo que los demás piensan de nosotros, es más, nos pasamos más tiempo haciendo creer a los demás que somos felices que en tratar de serlo, pero los demás están demasiado preocupados por lo que tú piensas de ellos para fijarse en ti. Dicen que la felicidad está en la antesala de la felicidad (como cuando los perritos gozan y retozan un montón en el momento que les van a servir la comida). 

En lo personal, mi momento favorito cuando me ha tocado ir de viaje no es el viaje en sí, sino cuando estoy en el duty free de Lima, es decir, ya pasó toda la parte de espera, pero aún está por empezar el viaje. Disfruten el momento de la felicidad desde antes, durante y una vez pasada inclusive porque tuvieron la suerte de vivirla.

Fuente: El Peruano


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