Colaborar o no colaborar (esa es la cuestión)

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Por Javier Martínez Aldanondo (Chile), Gerente de Gestión del Conocimiento de Catenaria; jmartinez@catenaria.cl

“Nadie puede sobrevivir en este mundo sin ayuda. Nadie.” (Ser Jorah Mormont, Juego de Tronos)

Indudablemente, el verbo de moda en estos tiempos es “colaborar”. Todo el mundo habla de aprendizaje colaborativo (aunque los MOOCs comienzan a ser cuestionados) y desde luego de trabajo colaborativo y de sus beneficios a la hora de innovar o de mejorar el desempeño y los resultados. El diccionario define colaborar como “trabajar con otra u otras personas en la realización de una obra”. Al contrario de lo que comúnmente se cree, existen multitud de evidencias que confirman la naturaleza colaborativa del ser humano como los experimentos  realizados por Warneken y Tomasello o el conocido Marshmellow test. En todos ellos, el altruismo, el deseo de cooperar y ayudar al prójimo son la regla lo que demuestra que desprovisto del barniz cultural, el hombre está intuitivamente dispuesto a colaborar con sus semejantes sin necesidad de que existan gratificaciones o castigos.

Recientemente, el máximo responsable de una empresa me confesaba que cada uno de sus gerentes afirma, sin asomo de duda, que su área es la más importante para el negocio y que el resto debiesen preocuparse de darle el soporte que necesita. Una de las principales demandas de los directivos es cómo lograr que las distintas áreas de la empresa dejen de trabajar como departamentos estancos y que colaboren con el fin de compartir prácticas y experiencias. Al mismo tiempo, lo que los trabajadores exigen es tan elemental como saber de qué manera su trabajo afecta a otros compañeros, conocer qué hacen el resto de áreas y contar con instancias formales para comunicarse con sus colegas o saber a quien pedir ayuda cuando lo requieran. Ambos grupos coinciden respecto de las consecuencias de no trabajar en equipo: se repiten errores, se reinventan ruedas y se pierden oportunidades. Una estadística indica que el 86% de los empleados opinan que los errores son el resultado de la escasa colaboración o directamente, de la falta de comunicación. Desafortunadamente, aunque directivos y trabajadores, desean lo mismo, nada de esto ocurre de manera natural. ¿Por qué entonces se habla tanto de colaborar y compartir pero se hace tan poco? Si la colaboración es una actitud inherente a las personas, ¿qué ocurre para que sea tan difícil crear entornos donde colaborar sea la regla y no la excepción? Si colaborar es tan deseable y tan provechoso, ¿por qué las empresas necesitan hacer tanto esfuerzo para que sus integrantes compartan? La explicación no es muy sofisticada. Hay 2 instancias que influyen de forma determinante:

  1. El sistema educativo nos individualiza y nos obliga a competir  ya que no fomenta el espíritu de colaboración sino que anula los impulsos cooperativos de los niños.
     
  2. El diseño de las empresas que jamás fueron pensadas para promover la colaboración. Recientemente entregamos el diagnóstico del estado de la gestión del conocimiento para un cliente que cuenta con varias unidades de negocio dispersas geográficamente y con expertos técnicos de nivel mundial. Para nuestra sorpresa, cada unidad opera de forma totalmente independiente y no existe instancia alguna para compartir el enorme caudal de conocimiento que atesoran. Como nos declaraba uno de sus directivos “Me pagan por manejar mi organización ¿por qué voy a dejar que mi gente malgaste su tiempo en colaborar con otras compañías?”. Si pretendemos que compartir sea la conducta espontánea, entonces no tenemos más remedio que rediseñar la educación y las organizaciones alrededor de la colaboración.

Rediseñar la Educación

Aunque parezca trivial, nunca nadie nos enseñó a trabajar en red, a colaborar ni a compartir conocimiento. Si examinamos el curriculum educativo, comprobaremos que consiste en una interminable competición por obtener las mejores calificaciones, basada en el rendimiento individual. Para ello, los niños deben memorizar ingentes cantidades de datos distribuidos a lo largo de un sinfín de asignaturas que poca gente recuerda con simpatía: algebra, física, gramática, etc. ¿Alguna vez un profesor os puso una nota en función de cuanto habíais colaborado con vuestros compañeros o cuánto habías ayudado a aprender a un amigo con problemas? La educación parece creer que los adultos siguen trabajando en cadenas de montaje e insiste en prepararnos para esa realidad aunque todos sabemos que las cualidades requeridas hoy por un profesional son justamente lo opuesto a memorizar contenidos y seguir instrucciones. Ahora bien, es importante tener en cuenta que la colaboración se aprende pero no se enseña. Los científicos afirman que la compasión, que es uno de los rasgos clave para la cooperación, se puede aprender. Esto significa que sería un error imperdonable introducir en las escuelas la asignatura, el profesor o la nota de “Colaboración”. Más bien, el propósito debe ser que los alumnos aprendan a colaborar con sus pares como requisito para tener éxito en las diferentes tareas que se les pida realizar. Si queremos contar con adultos colaboradores, entonces tenemos que dejar de premiar a los niños por su capacidad de absorber información, estudiar y aprobar exámenes e impulsar los intangibles. Por ejemplo, debemos asegurarnos que el niño mejor evaluado no necesariamente sea el que mejores notas saca sino el que más colabora, el que más ayuda al resto de compañeros, el que más aporta, propone, comparte, mejora o más enseña a los demás. Hacer competir a los niños no tiene sentido en un mundo que insiste en la colaboración.

 

 

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