Tecno-estrés: incapacidad de afrontar las tecnologías de forma saludable

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Por Patricia Llaque, profesional de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones

Vivimos una época donde numerosas investigaciones científicas intentan dar respuesta y ofrecer soluciones para la mejora de la vida humana. Conocer en profundidad cómo poder influir en la disminución del estrés y de la ansiedad, con el fin de incidir positivamente en nuestra salud física y mental, debe convertirse en una de las apuestas ganadoras del Autoliderazgo.

El estrés puntual no es malo para el cuerpo; el estar siempre estresado es tóxico

Vivir en modo “alerta-peligro” mantiene excitado nuestro Sistema Nervioso, lo que no solo nos dificulta actuar con efectividad o pensar con claridad, sino que, en época de Coronavirus, nos convierte aún en más vulnerables por su afectación a nuestro sistema inmunitario.

Parece ser que la generación de sustancias químicas que se activa ante nuestra percepción de peligro o al sentirnos “amenazados” no sabe distinguir entre circunstancias críticas de vida o muerte u otras situaciones altamente estresantes, como pueden ser un plazo de entrega inminente o problemas de incomunicación con nuestro equipo de trabajo.

¿Y qué sucede cuando vivimos inmersos en una fuerte aceleración de los ritmos de vida y de trabajo acompañada además por una omnipresencia masiva de tecnología digital?

El Tecno-estrés, enfermedad profesional

El término “Tecno-estrés” fue acuñado por primera vez en la década de los 80 y definido por Craig Brod como “una enfermedad moderna de adaptación causada por la incapacidad de enfrentarse a las nuevas tecnologías informáticas de forma saludable”.

En la actualidad, el Tecno-estrés está perfectamente identificado como un síndrome que surge cuando una persona, sometida a sobrecarga de información y a conexión continua a través de múltiples dispositivos digitales, desarrolla un estado de estrés o una respuesta anormal caracterizada por síntomas específicos a nivel cardiocirculatorio, neurológico y mental. Sus repercusiones a nivel profesional son evidentes: mayores niveles de absentismo, disminución de la productividad, desadaptación emocional que revierte en conflictos y aislamiento, entre otras.

Y es que el desarrollo tecnológico que ha permitido la automatización de procesos y el surgimiento de nuevas herramientas digitales ha cambiado la naturaleza de muchos trabajos disminuyendo el esfuerzo físico en detrimento de un mayor esfuerzo mental.

En 2007, el síndrome de Tecno-estrés ha sido reconocido como una enfermedad profesional. Esto supone que en todos los lugares de trabajo donde existe un uso frecuente de las tecnologías digitales, y más aún en los modelos híbridos actuales, el tecno-estrés debe ser tratado en la evaluación de riesgos laborales.

Características del diseño y de la utilización de la tecnología

Ciertas investigaciones aluden a que determinadas características de la tecnología -como la usabilidad, el intrusismo y el ritmo acelerado de actualización de los programas y sistemas informáticos- están relacionadas con los factores estresores (sobrecarga de trabajo, ambigüedad en la definición de roles, invasión de la privacidad, dificultad de conciliación y de separación entre la esfera profesional y la privada e inseguridad laboral).

De otro lado, no debemos pasar por alto, que las habilidades y las limitaciones cognitivas y psicológicas deben regir el diseño de las soluciones tecnológicas, la definición de funciones/tareas y los criterios de comunicación con el fin de aminorar la carga de trabajo y la fatiga mental.

En este tránsito inesperado al trabajo remoto son muchos los que han experimentado y siguen sufriendo una sobrecarga mental -las demandas de las tareas han superado los recursos y capacidades del individuo- acusada además por las circunstancias personales y familiares. Esta condición representa asimismo un factor de riesgo psicosocial, con más que probables consecuencias también a nivel de salud.

Todo ello obliga a la puesta en marcha por parte de las organizaciones de medidas de prevención y protección adecuadas, a una mayor formación de los empleados sobre el efecto nocivo del tecno-estrés y a la aplicación de estrategias específicas para gestionar los síntomas.

No podemos seguir obviando que EL ESTRÉS DERIVADO DE LA DEPENDENCIA TECNOLÓGICA SIGUE SIENDO UN FENÓMENO SUBESTIMADO Y SUELE SER DIAGNOSTICADO EN UNA FASE TARDÍA.

A título individual es recomendable que observemos nuestros hábitos de conducta en relación a la tecnología:

  • ¿Utilizo constantemente mi celular, incluso en reuniones sociales?
  • ¿Prefiero no apagar mi celular, ni siquiera cuando duermo?
  • Cuando me despierto, a la hora que sea, ¿reviso mis mensajes, me conecto a RRSS?
  • ¿Si estoy en un cine, una conferencia, un concierto o en algún otro lugar en el que se supone estoy disfrutando de lo que ahí sucede, sigo revisando el celular?
  • Cuando voy andando por la calle, ¿es cada vez más frecuente que esté interactuando con el celular?
  • ¿Prefiero ver la televisión o cualquier película en mi tablet o en mi celular, a pesar de la pérdida por reducción del tamaño de la pantalla?

    Sobre el autor:

    Patricia Llaque
    Profesional de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, con experiencia en empresas y organizaciones internacionales. Máster en Neuropsicología Clínica y Máster en Ciencias Cognitivas. Trabaja en la intersección de la Inteligencia Artificial y la Psicología Cognitiva y del Comportamiento, con énfasis en la investigación del impacto de la tecnología sobre el desarrollo humano. Su trabajo se focaliza en la consecución de  nuevos valores y propósitos dentro de una cultura organizacional basada en la persona. A través de su marca registrada OnWell participa también en la divulgación de la ciencia y la investigación, dando visibilidad a referentes femeninos, y en el acercamiento al lado más amable de la tecnología, a aquellos algoritmos y soluciones que se diseñan bajo el prisma de la ética social y la sostenibilidad.


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