La complejidad de la diversidad en los equipos de trabajo

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Por Patricia Llaque, profesional de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones

Sin duda, la capacidad de cooperar ha jugado en beneficio de nuestra adaptación a los distintos ecosistemas. Pero ¿cómo moldean las experiencias sociales nuestros circuitos neuronales? Durante toda nuestra vida, la neuroplasticidad también entra en juego cuando vamos interactuando con nuestros pares y estos cambios en la estructura y función cerebral tienen efectos cuantificables.

Cuando dos personas se relacionan, ya sea de forma íntima o simplemente ocasional, se producen con frecuencia alteraciones en cada una de ellas. Investigaciones demuestran que cuando interactuamos con alguien que nos importa, las respiraciones y los latidos del corazón se sincronizan, con independencia del cariz de la interacción. Es decir, ya sea que estemos discutiendo o simplemente charlando de temas banales. Por el contrario, cuando la persona no nos importa o no confiamos en ella, dicha coordinación vital brilla por su ausencia.

Esta prueba fisiológica constata que colaboramos mejor en ambientes de confianza, ya que ésta incrementa el nivel de nuestra sincronización interna.

Y en este contexto, ¿qué sucede con la empatía? Parece evidente, que cuando más cercanas consideramos a las personas, nos es más fácil aproximarnos a sus sentimientos, pensamientos y acciones. Pero cuando las personas nos resultan “extrañas” requerimos esfuerzos adicionales para conocerlas mejor. Y aquí nos volvemos a topar con la incidencia del factor predictivo en nuestro gasto energético cerebral, esencial para su funcionamiento.

Ello explicaría también por qué las personas buscamos rodearnos de noticias y opiniones que refuerzan nuestras creencias ya que conllevan un coste metabólico menor que el que supondría el aprendizaje de algo nuevo. ¿Nos es “rentable” y “productivo” realizar una inversión energética para acercarnos a lo que no es tan afín a nosotros?

El poder de las palabras

Son numerosas las evidencias que relacionan el mundo físico y social con la recreación de nuestras conexiones neuronales. En el laboratorio de investigación de la científica Christine D. Wilson-Mendenhall se llevan a cabo experimentos que demuestran la incidencia del poder de las palabras sobre el cerebro. Se utilizó un paradigma de imágenes mentales inmersivas basadas en el lenguaje. Durante los experimentos, donde se sometieron a técnicas de escaneo cerebral, los participantes escucharon situaciones descritas vívidamente y se imaginaron estar experimentando cada escenario.

Se observó que el mero procesamiento de las palabras suscitó el incremento de la actividad en los sistemas cerebrales que controlan la frecuencia cardíaca, la respiración, el sistema inmunitario, el metabolismo, las hormonas… Estos resultados revelan que las palabras pueden constituirse en poderosos impulsores de experiencias corporales, a través de sus efectos sobre los valores fisiológicos.

Sabiendo que la naturaleza humana se nutre de la cultura de cualquier entorno social, a través de palabras y conductas que ejercen efectos directos en nuestros sistemas corporales y en nuestro cableado cerebral, ¿cómo conformamos equipos de trabajo diversos, resolviendo los “incovenientes” de acercarnos a los que, de forma esencial, son distintos a nosotros?  Todo ello, además, en un contexto demandante de creatividad e innovación que requiere grandes dosis de inversión energética cerebral.

Dotando de sentido al trabajo

De otro lado, cada vez hay más estudios que demuestran que el trabajo con sentido es una de las formas más potentes e infrautilizadas para incrementar la productividad, mejorar el compromiso y aumentar el rendimiento. Pero, ¿qué buscamos realmente cuando decimos que queremos encontrar nuestros ansiados “purposes” en el trabajo? y, especialmente, ¿cómo conciliar los propósitos de equipos esencialmente diversos?

Harvard Business Review referenciaba cuatro pasos prácticos que pueden dar sentido al trabajo:

  1. Identifica los proyectos y tareas que te satisfacen profundamente (en contraposición a los que te gratifican a corto plazo).
  2. Alinea tus valores y acciones a la hora de elegir qué priorizar.
  3. Céntrate en las relaciones, no sólo en los resultados. Pero cuando lo hagas, sé consciente de cómo lo haces, recordando una de las conclusiones de la investigación del psicólogo Roy Baumeister acerca de que contribuir al bienestar de los demás está fuertemente ligado a experimentar el significado.
  4. Comparte los relatos de tu “mejor yo” con tus compañeros de trabajo. Contribuye a que las otras personas identifiquen qué tipos de actividades les llevan a una auténtica autoexpresión y significado.

Me sigue resultando paradójico que, en tiempos de innovación, aprendizaje continuo y adaptabilidad no dediquemos esfuerzos para negociar con perfiles distintos a los nuestros, y que muy lejos de ello, sigamos la inercia de las prácticas tradicionales, aunque las revistamos de nuevas denominaciones.


Sobre el autor:
Patricia Llaque
Profesional de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, con experiencia en empresas y organizaciones internacionales. Máster en Neuropsicología Clínica y Máster en Ciencias Cognitivas. Trabaja en la intersección de la Inteligencia Artificial y la Psicología Cognitiva y del Comportamiento, con énfasis en la investigación del impacto de la tecnología sobre el desarrollo humano. Su trabajo se focaliza en la consecución de  nuevos valores y propósitos dentro de una cultura organizacional basada en la persona. A través de su marca registrada OnWell participa también en la divulgación de la ciencia y la investigación, dando visibilidad a referentes femeninos, y en el acercamiento al lado más amable de la tecnología, a aquellos algoritmos y soluciones que se diseñan bajo el prisma de la ética social y la sostenibilidad.


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